Todo cambió y ahora es pensar en
tantas cosas que no son vos. Mirar por la ventana mientras se suceden las
imágenes propias de un mismo recorrido en colectivo, y que, de repente y así
como quien no quiere la cosa, el cielo un poco menos azul.
Parece absurdo, pero te llevaste
algo el día en que te dejé irte como vos querías. Y no hablo del
amor-escrito-en-mayúsculas (aunque tal vez lo fueras) porque yo de eso no sé si
entiendo mucho, sólo siento que con tu sonrisa de lado, levantarse a la mañana
y apagar el despertador, viajar en subte, y hasta comer una tostada era
distinto. En fin, esas cosas y en esos términos.
Te
juro ya no se qué hacer. Y es que no me levanto más con lágrimas en la
almohada, en el cubrecama, en el lavatorio. Es este vacío calmo, de los que transcurren
pájaros y trenes por delante en una ciudad inquieta, y yo acá detenida en
julio-agosto. Entonces es tan simple como recordar una siesta, saberme dormida
y saberte presente al momento de despertar. Digo, siento que podría fumarme un
cigarrillo (eso que no me gustan) y mirar de vuelta por la ventana de mi casa
que no es más.
Cosas
de nada, cosas de todo, cosas que no son. No son más de ninguna manera, al
menos ninguna que te incluya.
Y si demoré estas líneas es
porque sé que son las últimas, me gustaría contarte tantas cosas, como que
encontré un poco demasiado tarde ese saludo que nunca te pude decir, el que
estaba hecho un poco de adiós y otro poco de te quiero.
Quedate con tus vueltas, fueron
siempre tuyas, no mías. Yo siempre supe que te quise tanto, lo supe en esa
tarde de galletitas, té de durazno, besos y versos de Cortázar, así todo
mezclado, y lo sé ahora, cuando por fin, miro a tus ojos y no los veo en los
míos.