Y llegó el día en que el habitus se hizo carne. No comprendo lo que hago, no sé porqué lo hago, y justo en este instante dejó de ser inconciente. Y comenzó a molestarme.
Y grita y me toca el hombro de manera insistente. Masca chicle con la boca abierta y zumba como una mosca. Típica mosca de mierda que te perturba la concentración. Y ya no puedo seguir leyendo.
No quiero estar acá. Ahí tenes, ves? Una certeza.
Seguí una melodía y me dejó en cualquier lado. No sé dónde estoy. Solo sé que me dejó lejos del punto de partida -si es que existe tal cosa-. Ahí tenes, ves? Otra certeza. Justo ahora que tanto hacen falta.
Percibo una realidad diferente. No sé de donde viene pero la huelo. Como se huele una lluvia pronta a desfallecer sobre nuestros cuerpos un lunes a las siete de la tarde desde la ventanilla del 60 en Plaza Italia.
Y ahora no puedo abrirlas fácilmente y el aire se vició y me sigue la mosca de mierda.
De repente empieza a sonar una música nueva, sin letra pero vuela alto, eh.
Estoy en puntos suspensivos. Justo arriba del segundo punto. Y cierro los ojos y bailo frenéticamente, intentando encontrar las notas dispersas en el aire.
Me despojé de las certezas -si es que alguna vez estuvieron aquí- , pero aun intento abrir la ventana para liberar a la mosca de mierda. Quizás cuando empiece a bailar con los ojos abiertos-o entreabiertos-. Tal vez así logre cruzar los puntos suspensivos y ya no me moleste tanto.
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