lunes, 25 de febrero de 2013

El escarabajo.

Respiro con dificultad.
Mi cuerpo está tieso, caliente por el sol que no baja en pleno mediodía.
Y no puedo escaparme de mi mismo. Mi espalda quema en cada intento de revertir mi posición.
Transpiro en frío. Percibo  un temblor.
El aire se volvió más espeso.
Con un impulso intento moverme, cambiar el lugar en el que estoy.
Desde acá todo se ve al revés. Mi percepción comienza a asustarme pero no puedo moverme.
Necesito pensar rápido. Y claro. Rápido y claro carajo.
Una nube viene a rescatarme por unos minutos. El sol se volvió menos hostil.
Mis párpados descansan. Mis gestos arrugados se relajan.
Un nuevo sonido. Como un motor oxidado, viejo. Bombas que se alejan. Se van, se fueron.
Continúo en mi búsqueda implacable. Mi objetivo es cambiar mi posición. Lograr  percibir diferente. Tener menos miedo y salir de ahí. La incomodad es insostenible. Apenas puedo respirar.
Tomo coraje y otra vez tomo impulso. No logro moverme. Comienzo a sentir náuseas.
En un rapto de inconsciencia me muevo de un modo nervioso, histérico.
Nuevamente el temblor. Lo siento más cerca esta vez.
Una gota de coquillas frías recorre mi espalda. Una espalda que brilla y es difícil ocultar.
El temblor ya está acá. Ya se transformó, como todo a mí alrededor mientras yo pensaba. Ni muy rápido ni muy claro.
Ese temblor se transformó en un paso firme .Provocó en mí  un viento confuso. Me lleno los ojos de tierra y comencé a ver diferente.
Débilmente comienzo a moverme. Voy a simular mi muerte, decido.
El paso se detuvo. Mis latidos aumentan. En minutos no voy a estar simulando nada.
Con una hoja, aquel paso me empuja dulcemente hasta que vuelvo a pararme en mis patas.
Recuperé mi percepción, ahora veo más claro y sigo algún camino. Mis seis patas están adoloridas pero estoy de pie. 


viernes, 8 de febrero de 2013

que ves el cielo.


Hace días que no  escribo, quizás este día especial  y su música encantadora me ayuden a  transmitir esto que viene desde adentro.
Importante también es entender que un día triste siempre puede transformase en algo mejor, algo así como un huella que deje  vida al atravesarte. Eso jamás puede ser malo.
En plena simbiosis de sentimientos .Todos se agolpan desde hace días  aquí… hasta convertirse en tenues telas, sedosas  todas ellas, que cubren mis ojos y me hacen cosquillas.
Y es que los días de enero fueron una luz.
Un norte que supo abrazarme y contener alguna tristeza y un sentimiento de pérdida.
Un norte que supo regalarme experiencias luminosas cada día que se abría aquella carpa.
Y la compañía amiga de siempre, los encuentros eternos, la luna y un camino que casi ni se deja ver, ¿lo ves? Tan sólo la luna y aquellas piedras que te hacen tropezar indican el camino.
 A lo lejos una guitarra y un grito cantado soplan en algún barcito o en algún lugar de esa tierra volátil.
Subidas y bajadas, burros y caballos, casas bajas, niños sonriendo, arcilla roja, perros por doquier, y tu sonrisa.
Una nube de historias de vida que viene a llover encima de nuestro cuerpo, que nos despierta de un letargo. Tan distintas todas ellas, tan cercanas a la vez.
Una noche de payasos y una mesa pequeña pero comunitaria. Una boina y una promesa.
Un río y una caída que me empapa de agua, hermosa, fresca. Un miedo que después me hace reír. La mano amiga que me rescata. El chiste interminable del túnel y las piernas temblando hasta la séptima cascada.
Paisajes hermosos, amigos itinerantes, caminatas y “gastadas” durante kilómetros.
La historia no oficial, las increíbles ruinas de aquellas poblaciones.
Hacer dedo con un frío que deja helados los pies, una camioneta apretada  y el nacer de un día soleado en el camino.
Luego fueron las notas de todos aquellos instrumentos, música para despertar el alma, para mantenerla atenta ante aquello que está por venir, siempre.
Compañía colectiva, tres mates circulando, risas y juegos de mesa para pasar el rato, para darle vida. Mientras tanto, la lluvia que cae siempre a las seis de la tarde.
Más subidas, palabras sin sentido, risas gastadas, pero siempre risas.
Las  dulces “buenas noches” de un  niño, la perfección de todos ellos que nos hace sentir tan plenos.
El ritual del compartir en cada momento, una piedra transparente como el agua  que simboliza un encuentro que nació  hace años atrás.
Bailes raros y ridículos hasta la carcajada, y las botellas de colores de aquel bar.
Un escondite y unos besos regados de caricias. Una propuesta indecente, hermosa. 
Abrazos en cada nuevo encuentro, nostalgia en cada final (que espero no lo sea).

                                                                                  Purmamarca.
Como dice el Flaco, “mañana es mejor”. Hoy duermo con esa idea en la cabeza y acá, aún más cerca.