viernes, 8 de febrero de 2013

que ves el cielo.


Hace días que no  escribo, quizás este día especial  y su música encantadora me ayuden a  transmitir esto que viene desde adentro.
Importante también es entender que un día triste siempre puede transformase en algo mejor, algo así como un huella que deje  vida al atravesarte. Eso jamás puede ser malo.
En plena simbiosis de sentimientos .Todos se agolpan desde hace días  aquí… hasta convertirse en tenues telas, sedosas  todas ellas, que cubren mis ojos y me hacen cosquillas.
Y es que los días de enero fueron una luz.
Un norte que supo abrazarme y contener alguna tristeza y un sentimiento de pérdida.
Un norte que supo regalarme experiencias luminosas cada día que se abría aquella carpa.
Y la compañía amiga de siempre, los encuentros eternos, la luna y un camino que casi ni se deja ver, ¿lo ves? Tan sólo la luna y aquellas piedras que te hacen tropezar indican el camino.
 A lo lejos una guitarra y un grito cantado soplan en algún barcito o en algún lugar de esa tierra volátil.
Subidas y bajadas, burros y caballos, casas bajas, niños sonriendo, arcilla roja, perros por doquier, y tu sonrisa.
Una nube de historias de vida que viene a llover encima de nuestro cuerpo, que nos despierta de un letargo. Tan distintas todas ellas, tan cercanas a la vez.
Una noche de payasos y una mesa pequeña pero comunitaria. Una boina y una promesa.
Un río y una caída que me empapa de agua, hermosa, fresca. Un miedo que después me hace reír. La mano amiga que me rescata. El chiste interminable del túnel y las piernas temblando hasta la séptima cascada.
Paisajes hermosos, amigos itinerantes, caminatas y “gastadas” durante kilómetros.
La historia no oficial, las increíbles ruinas de aquellas poblaciones.
Hacer dedo con un frío que deja helados los pies, una camioneta apretada  y el nacer de un día soleado en el camino.
Luego fueron las notas de todos aquellos instrumentos, música para despertar el alma, para mantenerla atenta ante aquello que está por venir, siempre.
Compañía colectiva, tres mates circulando, risas y juegos de mesa para pasar el rato, para darle vida. Mientras tanto, la lluvia que cae siempre a las seis de la tarde.
Más subidas, palabras sin sentido, risas gastadas, pero siempre risas.
Las  dulces “buenas noches” de un  niño, la perfección de todos ellos que nos hace sentir tan plenos.
El ritual del compartir en cada momento, una piedra transparente como el agua  que simboliza un encuentro que nació  hace años atrás.
Bailes raros y ridículos hasta la carcajada, y las botellas de colores de aquel bar.
Un escondite y unos besos regados de caricias. Una propuesta indecente, hermosa. 
Abrazos en cada nuevo encuentro, nostalgia en cada final (que espero no lo sea).

                                                                                  Purmamarca.
Como dice el Flaco, “mañana es mejor”. Hoy duermo con esa idea en la cabeza y acá, aún más cerca.







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