Hace días que no escribo, quizás
este día especial y su música
encantadora me ayuden a transmitir esto
que viene desde adentro.
Importante también es entender que un día triste siempre puede
transformase en algo mejor, algo así como un huella que deje vida al atravesarte. Eso jamás puede ser
malo.
En plena simbiosis de sentimientos .Todos se agolpan desde hace días aquí… hasta convertirse en tenues telas,
sedosas todas ellas, que cubren mis ojos
y me hacen cosquillas.
Y es que los días de enero fueron una luz.
Un norte que supo abrazarme y contener alguna tristeza y un sentimiento
de pérdida.
Un norte que supo regalarme experiencias luminosas cada día que se abría
aquella carpa.
Y la compañía amiga de siempre, los encuentros eternos, la luna y un camino
que casi ni se deja ver, ¿lo ves? Tan sólo la luna y aquellas piedras
que te hacen tropezar indican el camino.
A lo lejos una guitarra y un
grito cantado soplan en algún barcito o en algún lugar de esa tierra volátil.
Subidas y bajadas, burros y caballos, casas bajas, niños sonriendo,
arcilla roja, perros por doquier, y tu sonrisa.
Una nube de historias de vida que viene a llover encima de nuestro
cuerpo, que nos despierta de un letargo. Tan distintas todas ellas, tan
cercanas a la vez.
Una noche de payasos y una mesa pequeña pero comunitaria. Una boina y
una promesa.
Un río y una caída que me empapa de agua, hermosa, fresca. Un miedo que
después me hace reír. La mano amiga que me rescata. El chiste interminable del
túnel y las piernas temblando hasta la séptima cascada.
Paisajes hermosos, amigos itinerantes, caminatas y “gastadas” durante
kilómetros.
La historia no oficial, las increíbles ruinas de aquellas poblaciones.
Hacer dedo con un frío que deja helados los pies, una camioneta apretada
y el nacer de un día soleado en el
camino.
Luego fueron las notas de todos aquellos instrumentos, música para
despertar el alma, para mantenerla atenta ante aquello que está por venir,
siempre.
Compañía colectiva, tres mates circulando, risas y juegos de mesa para pasar
el rato, para darle vida. Mientras tanto, la lluvia que cae siempre a las seis
de la tarde.
Más subidas, palabras sin sentido, risas gastadas, pero siempre risas.
Las dulces “buenas noches” de
un niño, la perfección de todos ellos que
nos hace sentir tan plenos.
El ritual del compartir en cada momento, una piedra transparente como el
agua que simboliza un encuentro que
nació hace años atrás.
Bailes raros y ridículos hasta la carcajada, y las botellas de colores
de aquel bar.
Un escondite y unos besos regados de caricias. Una propuesta indecente,
hermosa.
Abrazos en cada nuevo encuentro, nostalgia en cada final (que espero no
lo sea).
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| Purmamarca. |
Como dice el Flaco, “mañana es mejor”. Hoy duermo con esa idea en la
cabeza y acá, aún más cerca.
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