domingo, 7 de octubre de 2012

summertime.

En aquel sillón de terciopelo rojo yacía su cuerpo. Aquella tarde de lluvia, su mirada-péndulo se fijó en el reflejo de sus formas en la ventana. Miraba el contorno de sus caderas, el volumen de su pelo negro, el modo en que cruzaba sus piernas. Miraba una figura, tan sólo los contornos de su cuerpo, los límites de su dolor.
Sus sentidos invocaron la melodía de Summertime y sus lagrimales comenzaron a arder.
Se quemaron en el dolor, en la nostalgia de aquello que dejó ir en un impulso de  fatídica realidad: él  no la amaba.
Miró sus uñas pintadas de un rojo carmín y al mismo tiempo, simuló una tos para dejar de escuchar su llanto, al menos por unos segundos efímeros. Tan efímeros como los besos que él supo darle.
El invierno había terminado y ella seguía sujeta al frío de sus palabras. Malditas palabras que él  le había cantado al oído con el único propósito de tenerla entre sus brazos y adentrarse en sus pasiones, sólo  por una noche o dos.
Y jugando a ser quien no era, la mujer de los sueños de alguien- pero no de los de aquel hombre- cedió todos sus vicios a una botella de whisky añejo. Embebiendo su  dolor, transpirando recuerdos que caían con la fuerza de sus lágrimas.
Olivia  se quedó dormida esperando despertar en el sueño de alguien más, esperando ser amada. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario