En aquel sillón de terciopelo rojo yacía su cuerpo. Aquella tarde de
lluvia, su mirada-péndulo se fijó en el reflejo de sus formas en la ventana.
Miraba el contorno de sus caderas, el volumen de su pelo negro, el modo en que
cruzaba sus piernas. Miraba una figura, tan sólo los contornos de su cuerpo,
los límites de su dolor.
Sus sentidos invocaron la melodía de Summertime
y sus lagrimales comenzaron a arder.
Se quemaron en el dolor, en la nostalgia de aquello que dejó ir en un
impulso de fatídica realidad: él no la amaba.
Miró sus uñas pintadas de un rojo carmín y al mismo tiempo, simuló una
tos para dejar de escuchar su llanto, al menos por unos segundos efímeros. Tan
efímeros como los besos que él supo darle.
El invierno había terminado y ella seguía sujeta al frío de sus
palabras. Malditas palabras que él le
había cantado al oído con el único propósito de tenerla entre sus brazos y
adentrarse en sus pasiones, sólo por una
noche o dos.
Y jugando a ser quien no era, la mujer de los sueños de alguien- pero no
de los de aquel hombre- cedió todos sus vicios a una botella de whisky añejo. Embebiendo
su dolor, transpirando recuerdos que
caían con la fuerza de sus lágrimas.
Olivia se quedó dormida esperando
despertar en el sueño de alguien más, esperando ser amada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario