En estos días me di cuenta de un paralelismo en mi vida: la preparación
de un parcial en la era facultativa
posee el mismo significado que las clases de gimnasia durante mi secundaria.
Recuerdo que las clases se
desarrollaban en horribles mañanas de invierno, donde el frío y mi poca habilidad
deportiva, hacían de mis movimientos una vergüenza a nivel nacional.
Ya desde la primaria, en mi pre adolescencia, corría a esconderme a los
baños para evitar ese momento en que se arman los grupos para jugar.
En mi primer lugar, eso implicaba la estabilidad y / o coordinación de
mis brazos y piernas, conjunción que nunca fue mi fuerte. Lo extraño es que
bailaba y hacía algunas de las coreografías de los actos de la escuela. En fin,
misterios sin explicación aparente.
En segundo lugar, ese momento de
elección siempre me incomodó. Me obligaba a poner esa expresión en la cara, esa
que se dibuja en el rostro cuando se comparte el ascensor con alguien que no se
conoce (y el sistema, hasta allí llega su perversión, nos impulsa a hablar de cosas como el clima o
la cena).
Y en tercer lugar, en cada clase debía encontrarme con mi gran enemiga:
la pelota.
La cuestión aquí es que nunca me sentí cómoda, y siempre supe que jamás iba a recordar esas experiencias con amor o melancolía. La realidad es
que mi desempeño deportivo era más que triste y
lo único que recuerdo con algo de gracia fue un tanto milagroso que hice
en un partido de volley ya en la secundaria. El mismo fue recibido con
algarabía por mi grupo, incluso por el equipo opositor. Un momento memorable
para todos los presentes.
Hace varios años que estudio comunicación en la UBA y hace unos días atrás rendí
tres parciales al hilo. Sus consecuencias visibles fueron un aparente pero casi
seguro principio de miopía y un espíritu crítico ante todo discurso que
se presente en mi camino, una suerte de pacman
universitario, un poco molesta, sí.
La preparación fue entre
psicótica y aburrida. He aquí mi revelación: preparar un parcial no representa
la faceta más interesante y feliz de la facultad. Es uno de los momentos más
angustiantes de un estudiante. Se manifiesta en las pocas horas de sueño y en
la excesiva ingesta de comida. No fumo, pero bebo café y mate; con lo cual debo
tener una galería de úlceras en mi organismo. A eso se suman tres días de reposo por fiebre. Las posibilidades de supervivencia eran pocas, pero estoy
escribiendo. Por lo tanto nada es tan grave, ni siquiera este relativismo mío
hecho de puro sentido común y pavadas personales.
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