martes, 7 de agosto de 2012

el abrazo.

Considero que el abrazo es uno de los gestos más dulces que existen. En él se funde una simbiosis de contención y ternura inefable. Allí, en esa comunión, los seres se vuelven infinitos. Ahí, en ese puente, dos mundos se hacen uno, dos cuerpos finitos se deshacen de su materialidad. Los cuerpos se tocan, se unen, se acarician. El abrazo, a diferencia del beso en la boca por ejemplo, es el gesto de amor que no puede ser arrebatado por el tipo de relación.Para quienes lo incorporamos al saludo, recordamos el ritual en cada encuentro.

Siempre sentí en el abrazo mi cobijo, cerrar los ojos y sostener fuerte a ese cuerpo que parece desvanecerse en una unión. Creo-me atrevo a dudarlo-que el abrazo es mi predilecto. Es el movimiento que mi cuerpo elige, con el que más me identifico.No existen momentos incómodos después darlo. No hay nada que decir, ya está todo dicho.

Un jueves a la noche había arreglado una cita u algo así. No sé como llamarlo porque con esos nombres nunca me sentí muy cómoda. Nos encontramos en Cabildo y Juramento. Esquina de infinidad de encuentros. Siempre que me paro ahí, veo a hombres y mujeres con la mirada perdida. Sus pupilas miran más allá de aquello que sucede. Nadie está verdaderamente ahí, sino que están en su propio mambo. Quizás ese sea el primer encuentro de una historia.

En mi caso no lo fue. Él no me gustó, y lo supe desde que lo ví. Espero no se malinterprete, no tenía que ver con su apariencia. Lo divisé con gran dificultad en la cuadra de enfrente. Era él, el hombre con quién iba a encontrarme; pero en cuanto lo ví, supe que no era él. Si bien suelo ser relativamente hábil con las palabras, – no se entrevea allí un ápice de manipulación por favor,- el control de mi comportamiento físico no es mi fuerte. Hice unos pasos, y me tropecé enfrente de él, “mi cita”. Podría considerarse aquello como un indicio de los nervios que esconde la atracción; yo, en cambio, lo atribuí a mi torpeza.Luego fuimos a tomar unas cervezas, charlamos lo suficiente para afirmar mi primera sensación: eso no iba a funcionar.

Él era músico. La mayoría de mis encuentros son con músicos, debilidades de una, vaya a saber. Pero no fue suficiente esta vez, estábamos sentados en la mesa de un bar con la música demasiado fuerte, la conversación era casi inaudible. Aún así no me motivó. Sentía que sus palabras eran las de otros. La habría leído u escuchado, como la gran mayoría de las ideas de todos nosotros, pero yo podía percibir que nunca las había apropiado, él no las creía.

Finalmente, nos despedimos con un beso extraño. Yo sabía que ese era nuestro primer y último encuentro, creo que él no. Volvió a buscarme hasta que él también lo entendió. Supongo que vió lo que yo había visto aquella noche. No era para él, pero lo habíamos intentado durante un par de horas.

No me arrepiento de ese encuentro. Él era un tipo agradable y a mí me gusta charlar, así que siempre que haya un encuentro de palabras, aunque no sea el más fructífero, es algo que aprecio.

Volviendo al tema de lo abrazos. Vuelvo a contextualizar: estaba parada en una noche de verano en pleno Juramento y Cabildo esperando a “mi cita”. La gente me rodeaba como si fuéramos hormigas rojas, calcinadas al sol y escapando de la lupa de algún pibe malcriado.Recuerdo que habían pasado varios grupos de amigos y me miré profundamente con varios de ellos. Me gusta jugar a la flaneur de Baudelaire de vez en cuando.

Podría decirse que ya estaba bien ubicada en medio de ese hormiguero de cemento: escuchaba a Spinetta desde el celular y me había parado cerca de un local para que la gente no me empuje-eso cambia bastante mi humor, la indiferencia y la soberbia son dos cosas que me ponen muy antipática-.

En un momento escucho a los lejos, que un flaco de unos 30 años se acerca al quiosco de esa esquina y habla a los gritos. No escuché lo que dijo, yo estaba mandando un mensaje de texto avisando a “mi cita” que había llegado y lo estaba esperando. Aclaro esto último para dejar en claro que no estaba haciendo ningún tipo de contacto visual en ese momento, estaba inmersa en mi vida, estaba inducida por mi circunstancia. Miré de forma distraída y sólo vi que la gente lo miraba extrañada, como molesta.

De repente, levanto la vista (ahora sí más conectada con lo que sucedía en la calle) y veo que el flaco de los 30 años se me acerca. Nos miramos un momento, casi imperceptible para el reloj que ni siquiera se movió. Inesperadamente me abrazó. Colocó sus brazos alrededor de mi cuerpo, unió sus manos en mi espalda y murmuró algunas palabras. Nunca supe porqué lo hice, pero lo abracé también. Estuvimos fundidos en ese abrazo un rato. No sentí desesperación ni miedo. No lo pensé, no impuse prejuicios ni vacilaciones, simplemente actué.

El flaco estaba en otro mundo, hablaba de cosas que no logré entender. Después del abrazo, se alejó un momento, me miró y me dijo algunas palabras más. “Disculpame, pero no te entiendo”, le dije mientras le daba algunas palmadas certeras en el hombro. No lo estaba echando, realmente me molestó no poder entenderlo.Siguió hablándome mientras se alejaba, pero nunca supe qué quiso decirme.

Nunca entendí lo que había sucedido, aquel abrazo había trascendido la mirada de asombro de la gente, incluso su propia locura. Jamás lo sentí como una atracción física, eso fue otra cosa, y siempre lo entendí así.

Días después pensé en ese abrazo en medio de la ciudad, y en oposición a lo que podría creerse, me sentí tranquila, me sentí a salvo.

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